No entendía por qué hay tanta gente enganchada a FarmVille. Había escuchado hablar mucho de él, pero nunca me lo habían presentado. Hace un par de semanas tuve la oportunidad de conocerle. Fue a través de una amiga. A punto de irnos del centro de ordenadores de la Facultad de Comunicación, Carolina me hizo esperarla por unas sandías. Si no las recogía, podrían echarse a perder. Al ver su pantalla, deduje al instante que se trataba de FarmVille. Para el que no lo sepa, se trata de un juego virtual de Facebook y, como su nombre lo indica, es una “comunidad de granjas”. FarmVille se lanzó apenas en junio de 2009.
Lo que más me llamó la atención fue su sencillez. En tres pasos, Carolina, me había enseñado la forma de proceder: comprar, plantar y cosechar. ¡Así de fácil! Le dije que me parecía absurdo y una pérdida de tiempo. ¿Qué de interesante podía tener la agricultura virtual? He de reconocer que ni siquiera me gusta el campo –me refiero ahora al verdadero– . Sin embargo, me garantizó que era muy emocionante y, como a modo de excusa, afirmó: “¡Es que faltan los animales que son lo más divertido!”, sonrió. Era verdad, faltaban los animales, el ordenador que usaba no nos permitía verlos.
Como la primera impresión no terminó de convencerme, decidí darle una segunda oportunidad. El lunes pasado, me cree un perfil en FarmVille. Ahora, soy una granjera muy trabajadora, un poco cabezona para mi gusto, pero no se puede tener todo en la vida –y tampoco en una virtual–, por lo menos, tengo unos ojos turquesa hipnotizantes. Para comenzar, recibí seis pequeñas parcelas de tierra. Enseguida puse en práctica el un, dos, tres de Carolina: comprar, plantar y cosechar.
Es una lástima, pero los divertidos animales tendrán que esperar, puesto que no tengo suficiente dinero como para hacerme con uno. Por el momento, aguardo a que den fruto unas semillas de soya y también, a que algún amigo me deposite un regalo de San Valentín en el buzón rosa de mi huerta. Ya veremos si los ojos turquesa de mi granjerita me hipnotizan o no.
Lo que más me llamó la atención fue su sencillez. En tres pasos, Carolina, me había enseñado la forma de proceder: comprar, plantar y cosechar. ¡Así de fácil! Le dije que me parecía absurdo y una pérdida de tiempo. ¿Qué de interesante podía tener la agricultura virtual? He de reconocer que ni siquiera me gusta el campo –me refiero ahora al verdadero– . Sin embargo, me garantizó que era muy emocionante y, como a modo de excusa, afirmó: “¡Es que faltan los animales que son lo más divertido!”, sonrió. Era verdad, faltaban los animales, el ordenador que usaba no nos permitía verlos.
Como la primera impresión no terminó de convencerme, decidí darle una segunda oportunidad. El lunes pasado, me cree un perfil en FarmVille. Ahora, soy una granjera muy trabajadora, un poco cabezona para mi gusto, pero no se puede tener todo en la vida –y tampoco en una virtual–, por lo menos, tengo unos ojos turquesa hipnotizantes. Para comenzar, recibí seis pequeñas parcelas de tierra. Enseguida puse en práctica el un, dos, tres de Carolina: comprar, plantar y cosechar.
Es una lástima, pero los divertidos animales tendrán que esperar, puesto que no tengo suficiente dinero como para hacerme con uno. Por el momento, aguardo a que den fruto unas semillas de soya y también, a que algún amigo me deposite un regalo de San Valentín en el buzón rosa de mi huerta. Ya veremos si los ojos turquesa de mi granjerita me hipnotizan o no.
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